La decisión; Cómo empezó todo.

Soy estudiante de medicina y muchas veces me pregunto; ¿qué hago yo aquí?. Recuerdo que cuando era pequeña quería ser profesora de matemáticas porque admiraba a mi maestra, la forma que tenía de explicar, de engancharte con cada frase, era casi mágica. Más tarde quería ser odontóloga; me encantaba acompañar a mi padre al dentista y ver cómo arreglaban a la perfección aquella afección de la que llevaba quejándose en casa durante semanas, admiraba esa habilidad para generar bocas insensibles que podías pellizcar sin que la persona en cuestión notara nada. Posteriormente quise ser peluquera; me encantaba cómo convertían una mata de pelo llena de enredos imposibles en un cabello sedoso y perfecto, cómo eran capaces de establecer un esquema mental que seguían meticulosamente hasta que el/la cliente/a tenía su corte de pelo ideal.
Un día, hablando con mis padres, los cuales se alarmaron cuando expresé mi “ya tomada decisión” de ser peluquera y “no estudiar más por querer salir con mis amigos” (típico de la temprana adolescencia, cuando crees que tus amigos son todo para ti), no sé cómo la conversación desembocó en una promesa: “os prometo que voy a estudiar medicina”. Ciertamente, el vacío que hay entre mi decisión inicial y lo que acabó saliendo por mi boca no ha sido descubierto todavía, por más que me lo he preguntado no he podido descifrar que embrujo me llevó a pronunciar aquellas palabras. En los años posteriores me dediqué a ver series de médicos tipo House para ir familiarizándome con aquello que parecía ser mi futuro, y no es que con 12 o 13 años estuviera lista para tomar una decisión de tal índole, sino que mis ansias por enorgullecer a mis padres y contentarles me llevaron en esa dirección. Así pues, el personaje de House me encantaba; ver cómo resolvía todos esos casos tan complicados en el último minuto me intrigaba y sorprendía tanto que creo que comencé a enamorarme de su oficio poco a poco.

Desde tercero de la ESO hasta finalizar bachillerato estudiar medicina fue mi meta a alcanzar, ya había establecido un objetivo y tenía que cumplirlo. Me esforzaba por sacar las mejores notas que podía, eso sí, teniendo vida y disfrutando de la compañía de diversos/as amigos/as (aunque para mí en aquellos tiempos no tuviera vida social por estar estudiando, cosa que hoy por hoy considero una reverenda tontería). En segundo de bachiller, con la presión de PAU en mi cabeza y conociendo por fin en qué consistía la carrera (mi expresión literal fue: ¡DIOS 6 AÑOS!), me planteé estudiar odontología otra vez, pero cuando hice la prueba de acceso y la nota de corte me llegó para coger medicina donde yo quería, ni me lo pensé. Sinceramente, si pudiera volver atrás y ver a aquella niñata malhumorada que se enfadaba cuando habían exámenes de más de un tema, cuando no podía salir por tener que estudiar o cuando Pepito no podía venir a casa porque tenía que hacer un trabajo, le pegaría una colleja y le diría ¡YA ESTÁ BIEN, ESO NO ES NADA!.
Ciertamente, cada uno valora el esfuerzo que algo conlleva, el coste de algo, en relación a sus circunstancias. El coste de algo, como bien nos han explicado en clase de farmacología clínica, no siempre tiene que ser monetario, el coste es aquello que pierdes para conseguir otra cosa; el coste de estar donde estoy ha sido haberme perdido un sinfín de cumpleaños, fiestas, cenas, tardes de domingo viendo las típicas películas de antena tres y días de disfrutar de la familia en general.
Volviendo al tema que nos ocupa, considero que si volviera atrás, aún sabiendo cómo y cuál es mi vida hoy en día (es decir, no tener vida, sólo estudiar, estudiar y más estudiar), volvería a tomar la misma decisión. Mi carrera es preciosa, es absolutamente maravillosa…aunque en la facultad te tropieces con profesores que parecen disfrutar viéndote caer, con asignaturas imposibles que crees no poder aprobar en la vida, con exámenes que te hacen llorar sólo con leer la primera frase, con profesores de prácticas para los que eres un estorbo en su consulta y que no te dejan sentarte en una silla en toda la mañana porque “en el hospital todo va por jerarquía y vosotros estás abajo del todo”, con matrículas y rematrículas que cuestan un riñón, con planes de estudios imposibles de cumplir y horarios que te hacen llegar a casa a las ocho de la noche y levantarte a las seis de la mañana…etc., cuando ves la alegría de los pacientes al saber que el parto ha ido bien, cuando te encuentras con un médico que te deja hacerle una pregunta y te responde con buena cara, cuando te dejan entrar por primera vez a un quirófano, cuando das tu primer punto de sutura, cuando comienzas a entender algo de lo que dicen en House o Anatomía de Grey, cuando tus familiares te dicen “parece que te nos estás haciendo médico”, cuando ves el orgullo en sus ojos al decir “tengo una novia/hija/nieta que estudia medicina” merece la pena, siempre merece la pena y no ha dejado de merecerla por muy puteada que esté en la facultad. A todos aquellos que, como yo en su día, lean comentarios y opiniones de por qué estudiar medicina o por qué no, os digo que esta carrera es maravillosa; vais a sufrir, vais a aparcar vuestra vida, os vais a encontrar con compañeros muy competitivos que piensan en el MIR desde primer curso y pisotean a quién sea, vais a perderos muchos pero mucho cumpleaños, cenas con amigos, fiestas, etc., pero, SI REALMENTE OS GUSTA LA MEDICINA, merece la pena…esta profesión enamora, no elegiría ninguna otra.

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